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“Me gusta la Escuela Pública, gratuita, laica, universal, de calidad, accesible, cívica, democrática, limpia, respetuosa, segura, sostenible, mixta, diversa, científica, literaria y artística.”

Así se describe una comunidad de la red social Facebook y aunque sea de otra nacionalidad la exigencia, ¿Qué alumno o alumna no sueña con una institución así? Porque cuando se sabe de la sed por aprender cosas nuevas, el alumnado de una escuela es la representación del ansía perfecta, es lo que le da identidad y vida, fuera de ese momento no hay más que piedras apelmazadas y mesabancos maltrechos.

El alumnado es mucho más que un grupo de discípulos, respecto del maestro, de la materia, del lugar a donde acude a estudiar, el alumnado es un ente en constante movimiento. Ahora, las generaciones actuales no tienen ante sí un escenario laboral que los reciba de brazos abiertos y no hay universidad que les asegure que podrán trabajar en aquello para lo que se prepararon. El pasado 25 de Julio la periodista Patricia Muñoz Ríos publicó en la Jornada la triste realidad de la juventud en México, del marcado destino de quien crece para alimentar a la nada; el artículo señala que de cada diez egresados solo siete podrán encontrar trabajo y de ellos solo cuatro lo harán en algo relacionado a su profesión.

Por la misma línea se manifiesta la Organización Internacional del Trabajo, que en su publicación denominada “Actualización de las Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2011” señala que entre 2008 y 2009 el número de jóvenes desempleados en el mundo aumentó en 4,5 millones, algo tremendo a comparación de los años anteriores a la crisis, 1997 a 2007 que fue menos de 100,000 personas al año.

Los derechos laborales de los que disfrutaron las personas adultas, como el contrato colectivo, la jubilación, los ascensos, la capacitación o la sindicalización nos quedan como referencia histórica y afirmación de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Ahora la juventud mexicana se ve compelida a aceptar figuras que ya hubiese querido imaginar Ebenezer como el outsourcing y el pago individual del retiro.

“Estamos jodidos” pues mire, sí. Pero eso puede cambiar y debe hacerlo desde la propia visión de los que decidamos ser, y si luego de la familia, es la escuela el otro lugar en donde se forma a las personas, entonces es necesario que éstas, tengan la conciencia de saber que en la medida de su sed, de su capacidad para resolver problemas y del vampirismo que ejerzan sobre sus maestros, estará la manera en la que el alma mater tenga a bien parirlos al mundo.

No hay garantías de que una escuela los haga libres, los haga poseedores del saber, los haga eficientes, no importa lo cara que cueste, porque sería como imaginar que el tamaño de su fe, depende de la enormidad de la iglesia. Desde el aula más alta de la ciudad hasta la escuela humilde, el que quiere puede. Esto no quita del renglón la responsabilidad del Estado de generar espacios de educación y oportunidades de estudio para todos y todas.

Si usted tiene un buen maestro, de esos que se atisban como las estrellas fugaces, de los que son capaces de crear momentos de oro, cuando todo fluye, cuando las letras importan, absórbale el conocimiento, que no quede nada de él. Y si no lo tiene, exíjalo.

Estos son tiempos inciertos, de futuros obscuros para quienes sueñan con tener una vida mejor, nadie va a creer en usted, no es necesario, pocos le darán una oportunidad, lo sabemos, pero en algún momento hay que cambiar, hay que levantar la mano y decir “Aquí estoy”.

Le deseo por lo pronto la misma fortaleza que mostró el boxeador James J. Braddock el 13 de Junio de 1935 cuando ganó el Campeonato Mundial de los pesos pesados contra Max Baer. Nadie se lo esperaba, y a lo mejor nadie lo espera tampoco de nosotros, pero eso no lo hace imposible. No se rinda.


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